La Iglesia, germen transformador de la sociedad (2daParte)

Escrito por el 07/06/2018

El plan de Dios para el discipulado de las naciones es «gobernar los asuntos humanos por mediación de seres humanos».

La naturaleza y la misión de la iglesia.

En segundo lugar, para poder discernir la forma en que la iglesia de Jesucristo debe transformar la sociedad, debemos entender bíblicamente qué es la iglesia. En 1 Pedro 2:9 leemos:

«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable»

Bíblicamente hablando, una iglesia local no es un edificio, no es una organización, no es una corporación que produce ministerios (destinados al mercado de consumidores de servicios religiosos), sino una comunidad de personas que manifiestan la presencia del reino de Dios en su localidad. Los miembros de esta comunidad tienen la responsabilidad (escatológica) de demostrar en el presente el gobierno de Jesucristo sobre todas las esferas de la vida humana (incluida la salvación de los individuos mediante el evangelio) y la responsabilidad sacerdotal de dar a Dios alabanza en los ámbitos de la creación que gobiernan en su nombre. La iglesia se reúne para adorar públicamente y ser instruida a fin de estar capacitada para servir a la comunidad/sociedad humana que la rodea, esto es, realizar la obra del ministerio descrita en Efesios 4:11-12.

En la generalidad del mundo evangélico actual, una mayoría de líderes y pastores de iglesia, en clase media y alta, concibe (subconscientemente) que la congregación debe funcionar como una corporación de ministerios que atraiga y retenga a los diferentes segmentos demográficos que les interesa atraer. Esta adaptación de los principios de la economía de mercado a la iglesia crea una tensión entre la naturaleza de ésta y el pragmatismo/utilitarismo de las instituciones comerciales del capitalismo moderno/post-moderno. Para hacer más eficiente el funcionamiento de las iglesias (cada vez más grandes y complejas) los líderes evangélicos de nuestro tiempo han optado por importar y aplicar en la iglesia principios del mundo de la gerencia empresarial. El paradigma corporativo ha influido en estructuras y formas eclesiales que no se corresponden con el modelo bíblico. La iglesia se necesita orden y organización porque como comunidad humana tiene un componente social, pero su organización debe ser adecuada y adaptada a su naturaleza. La iglesia es una entidad de naturaleza espiritual que se expresa localmente en una comunidad que funciona como sistema social.

En términos de su organización social interna, la iglesia es el conjunto de personas que la forman, tanto los que ejercen funciones internas en la misma (pastores, diáconos, líderes) como los miembros que cumplen responsabilidades ministeriales externas en la comunidad al asumir sus responsabilidades vocacionales y civiles. De la misma forma, una nación no es definida por el gobierno de turno, sino por el conjunto de ciudadanos que la componen. El gobierno y el estado existen para asegurar el bienestar de los ciudadanos, no los ciudadanos para servir a sus gobernantes. La iglesia es el conjunto de miembros que representan al cuerpo de Cristo en una localidad.

El discipulado de las naciones encomendado a la iglesia implica la transformación de sus culturas según el modelo del reino de Dios. Como expresa el teólogo ghanés, Kuame Bediako (citado por Briant Myers en su libro Caminando con los pobres, 1999, p.53):

«La gran comisión trata del DISCIPULADO DE LAS NACIONES. Esto es, acerca de la conversión de las cosas que hacen que un grupo de personas formen una nación. La cosmovisión, los patrones de pensamiento, las actitudes, el idioma, los hábitos y la conducta. En resumen: LAS PRÁCTICAS Y COSTUMBRES QUE CARACTERIZAN SU CULTURA, SOCIEDAD Y ECONOMÍA».

La gran comisión implica la transformación de la cultura de una nación. El discipulado de las naciones es un mandato transformador en su misma esencia. Discipular implica una transformación interna profunda del carácter y las pautas de vida de individuos, familias, comunidades y naciones. Discipular una nación significa transformar los sistemas sociales de la misma.

El plan de Dios para el discipulado de las naciones es «gobernar los asuntos humanos por mediación de seres humanos». Los instrumentos del gobierno de Dios son las personas a quienes Él ha llamado, salvado y enviado para recuperar su plan original contenido en el «Mandato cultural» de Génesis 1:28. Este propósito de Dios cumplido en el presente, «anticipa» la consumación de su reino, cuando su gobierno sobre las sociedades humanas se cumpla en su totalidad. El nivel de influencia (liderazgo) que los seguidores de Jesucristo ejercen en su sociedad anuncia ese gobierno.

EL MODELO DE TRANSFORMACIÓN DE LA REFORMA PROTESTANTE.

En tercer lugar, para entender cómo la iglesia debe transformar la sociedad en esta generación, debemos conocer la historia cristiana ya transcurrida. En diferentes épocas de su larga historia, el cristianismo (esto es, el Espíritu Santo actuando a través de los discípulos de Jesucristo) ha transformado las sociedades por donde se ha extendido. Uno de los períodos de gran transformación fue la Reforma Protestante, en la Europa del siglo XVI. Durante ese periodo, tanto la iglesia como la sociedad fueron profundamente transformadas. Por aquel entonces, la iglesia y la sociedad, en general, tenían gran necesidad de ser transformadas debido a su alejamiento del patrón bíblico.

La transformación de la iglesia y de la sociedad se producirá, en cualquier época, si los discípulos de Jesucristo practican un cristianismo fiel y genuino. El poder de Jesucristo para transformar no está limitado por la iglesia ni por la sociedad. Si los discípulos son fieles a la persona de su Señor y obedecen su palabra aplicándola en sus esferas de influencia, la iglesia y la nación serán transformadas. El objetivo último del avance del reino de Dios en cada generación es la manifestación de la «Gloria de Dios» mediante la obediencia a su voluntad y el funcionamiento de sus sistemas sociales: «Hágase tu voluntad en la tierra así como en el cielo».

En el siglo XXI el cristianismo evangélico luce apagado, desenfocado, descompensado y desequilibrado en sus prioridades y sus métodos. Esto no quiere decir que todo lo que las iglesias llevan a cabo esté mal o no sea bíblico, sino que es parcial, se priorizan algunos aspectos a expensas de otros y se utilizan métodos de procedencia espuria. Por supuesto, hay iglesias con visión correcta que practican un discipulado orientado a la transformación de la nación, pero no son mayoría. La mayoría de las iglesias evangélicas se centran en la predicación de un evangelio volcado en el «beneficio de la criatura», no en la «gloria del Salvador». Esta filosofía de ministerio ha adoptado (en algunos casos implícitamente) la metáfora del mundo (la buena creación de Dios) como barco que naufraga, del cual los individuos tienen que escapar a bordo del bote salvavidas del evangelio.

El problema que encierra este «paradigma de ministerio» eclesiástico —muy generalizado en nuestra época— es que no contrapesa las prioridades bíblicas de la «justicia, la misericordia y la fe» (Miqueas 6:8). El malentendido de lo que la iglesia local debe ser (real sacerdocio, nación santa… anunciadora de las virtudes de su Salvador) produce resultados que evidencian la influencia de la cultura materialista de Occidente. Se persiguen éxitos ministeriales como: gran número de asistentes a los cultos de adoración, sustanciosa recaudación de ofrendas, programas eclesiásticos muy profesionales y prestigio/fama internacional para sus líderes y ministerios.

Esta acción misionera de la iglesia no influye en las sociedades en que habitan las personas salvas que en ellas se congregan. Todas las naciones son «propiedad de Jesucristo» por derecho propio, tanto por creación como por redención. Cristo tiene «toda la autoridad en el cielo y en la tierra», y, como legítimo monarca, ha enviado a sus súbditos a «discipular las naciones». Los discípulos de Cristo deben ser «testigos», no sólo evangelistas, deben demostrar la presencia de su reino: perdonar pecados, regenerar corazones y transformar culturas con los valores del reino de Dios hasta su consumación en la segunda venida de Jesucristo.

SOLI DEO GLORIA

CONTINUARÁ…

Escrito por: Luis Sena, panelista del programa: “La Tertulia”, que se produce en nuestros estudios.


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