Estoy bien con mi Dios

Escrito por el 29/08/2014

He asistido a la iglesia desde antes de tener uso de razón. Mis padres se encargaron de que desde muy pequeño me expusiera a la enseñanza bíblica siempre que tuviera la oportunidad, lo que me hizo familiarizarme muchísimo con todo lo que tenía que ver con los cultos de adoración.

Entre esas cosas que se hicieron familiares para mi, se encontraban los himnos congregacionales. Sería una tarea bien complicada enumerar cada ocasión en la que me recuerde de pie al lado de mi padre, leyendo en el himnario y recitando  las letras que con tanta frecuencia repetí durante los cultos.

Recuerdo en particular que utilizamos por mucho tiempo un himnario pequeño, en el que se podían encontrar biografías de algunos de los autores de cualquier himno contenido en el himnario. Allí fue que me encontré por primera vez con la historia tan impactante del autor del himno «Estoy bien con mi Dios», que con el paso del tiempo llegaría a ser uno de mis favoritos. Sentado en el lugar donde mi familia acostumbraba, leí varias veces la breve reseña de la vida de Horacio G. Spafford (autor), y si mi memoria no fuera tan débil, no descartaría el hecho de que lo compartí asombrado con alguno de los miembros de mi familia, como era mi costumbre.

Horacio G. Spafford (1828-1888) fue un abogado nacido en North Troy, New York. Fue un famoso presbiteriano y un conocido devoto siervo de Dios del pasado.

Se mudó a Chicago para contraer matrimonio con Ana Larssen en 1861, quien fue su esposa hasta el día de su muerte. Horacio y Ana fueron padres de un niño varón, quien en el 1871 enfermó y murió, dando inicio a una serie de situaciones aflictivas que probarían su fe de una manera intensa. Meses más tarde, un incendio conocido como “El gran incendio de Chicago” destruyó la mayoría de las posesiones de Horacio y su esposa. Luego de la muerte de su primer hijo, fueron padres por nueva vez, en esta ocasión de 4 hijas (Ana, Maggie, Bessie y Tanetta).
A finales del 1873, Spafford decidió llevar a su familia a Europa, con planes de colaborar con D.L. Moody (un famoso evangelista amigo suyo) en cierta obra evangelística. Demorado por ciertas situaciones de negocios providenciales, decidió enviar a su familia a Inglaterra primero, con la intención de unirse a ellos poco tiempo después.

Así, su esposa y sus 4 hijas se embarcaron el 22 de noviembre del 1873 en el trasatlántico “Ville du Havre”, que a media travesía fue golpeado por el navío de origen inglés “Loch Earn”, hundiéndose así por completo 20 minutos más tarde. Las 4 hijas de Horacio perdieron la vida junto a 226 personas más en el hundimiento. Ana (su esposa) logró salvar su vida milagrosamente, y al llegar a Inglaterra envió un telgrama a su esposo informándole del trágico acontecimiento. Horacio se embarcó a Inglaterra tan rápido como pudo para reunirse con su esposa. Cuando el barco en el que viajaba pasó cerca del trágico hundimiento, Horacio compuso el famoso himno “Estoy bien con mi Dios” (“It is well with my soul”).

“De paz inundada mi senda ya esté, o cúbrala un mar de aflicción, cualquiera que sea mi suerte diré, estoy bien, estoy bien con mi Dios.”

Pero, ¿qué llevó a un hombre tan tremendamente atribulado a escribir un himno tan hermoso? Más aún, ¿por qué debía él seguir sirviendo a un Dios que le había privado de todo lo que era amado e importante para él?

No son pocas las preguntas que pueden surgir al examinar este caso tan particular de un hombre que mantuvo su confianza en el Señor a pesar de ser tan afligido por Él. Pero me parece que las dos siguientes estrofas de su himno pueden ayudar a mi lector a entender qué fue eso que mantuvo a Horacio confiando en la fidelidad y en la misericordia del Dios que él servía.

“Ya venga la prueba o me tiente Satán, no amenguan mi FE ni mi amor; pues Cristo comprende mis luchas, mi afán, y su sangre obrará en mi favor.

La FE tornaráse en feliz realidad al irse la niebla veloz; desciende Jesús con su gran majestad, ¡Aleluya! Estoy bien con mi Dios.”

Horacio G. Spafford era un hombre con fe. La fe fue su respuesta a las circunstancias adversas que vinieron a su vida de manera tan particularmente sucesiva.

Y ¿qué es la fe? la Biblia sostiene que la fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).

Horacio G. Spafford tenía certeza de dos cosas:

En primer lugar, el tenía certeza de que su Salvador comprendía sus luchas y su afán, porque como dice la Biblia (Hebreos 4:15): “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”, y que “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…” (Isaías 53:4).

Spafford sabía que su Salvador no era ajeno a sus sufrimientos, él estaba consciente de que no hubo ni habrá jamás un sacrificio tan grande y un amor tan maravilloso como el que su Salvador había derramado en la cruz, para que Su sangre obrara a favor de cada uno de los que serían salvos, entre ellos, él (Spafford).

En segundo lugar, él tenía la certeza de que Su Salvador volvería un día, como lo prometió, (Juan 14:2 y 3): “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.”

Spafford sabía que su Salvador volvería algún día, y que él estaba preparado para ese día, y eso era motivo suficiente para exclamar ¡Aleluya! (Gloria a Dios), estoy bien con mi Dios.

Quisiera concluir haciéndole a mi lector unas preguntas. ¿Tienes tú la certeza que tenía Spafford, conoces al Salvador en el que Spafford confió en una situación tan aflictiva? Si tú respuesta es sí, entonces tienes suficientes motivos para que en cualquier situación de tu vida, por aflictiva que sea, decir como continúa el himno:

“Feliz yo me siento al saber que Jesús libróme de yugo opresor. Quitó mi pecado, clavólo en la cruz, gloria demos al buen Salvador.”

Si tu respuesta es no, ¿qué esperas para pedirle al Salvador que te dé esa fe tan maravillosa que tanta paz y felicidad le diera a Spafford en los momentos más difíciles?

Confía en ese Salvador tan maravilloso que no te deja ni te desampara (Josué 1:5), que dice:  “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.” (Mateo 11:28), que prometió a sus discípulos que no los dejaría huérfanos (Juan 14:18) y que ofrece una paz que el mundo no da (Juan 14:27).

No esperes más para decirle a ese Salvador:

“Dame la fe que da el valor, que ayuda al débil a triunfar, que todo sufre con amor y puede en el dolor cantar; fe de los santos galardón, gloriosa fe de salvación.”

Me despido deseándole a mi lector la bendición del Señor, será hasta una próxima ocasión.


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