El sufrimiento por hijos rebeldes

Escrito por el 23/06/2016

Cada etapa en la crianza de nuestros hijos es evidentemente distinta. Y cada una tiene sus retos, goces y aflicciones. Prontamente, nuestros bebés que no pueden sobrevivir sin nosotros, se convierten en niños cada vez más autónomos. De los años de abrazos y risas, pasan pronto a la pubertad y a la juventud; con toda su carga de indisciplina y rebeldía, de insubordinación y desobediencia. Y nos preguntamos qué sucedió; ¿fallamos al educar a nuestros hijos para la vida?

No todo depende de lo que hacemos o dejamos de hacer. Muchos padres se ocupan de formar a sus hijos en las disciplinas humanas y en las espirituales, y aun así, estos se vuelven rebeldes, y hacen deliberadamente lo opuesto a sus consejos e indicaciones. ¿Qué podemos hacer cuando nuestros hijos cometen fechorías en franca rebelión? ¿Qué, cuando sentimos que aquellos a quienes procuramos edificar, parecen estarse perdiendo en la insolencia?

El problema no es la rebeldía

No. El problema es el pecado. Nacemos con una inclinación natural hacia la maldad. Nadie necesita enseñar a sus hijos a mentir, ellos lo hacen por naturaleza; más bien les debemos enseñar a no mentir. Y lejos de menguar, la maldad crece con ellos. Las faltas menores se convierten en actos abiertamente rebeldes que nos hacen pensar que fracasamos estrepitosamente al tratar de educar a nuestros hijos. Pero no, el problema es el pecado.

Un padre puede haber sembrado buenas enseñanzas en sus hijos, pero sus corazones son —como los nuestros— naturalmente pecaminosos. Según Romanos 5:12, “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres por cuanto todos pecaron”. Todos, desde los más pequeños hasta los más entrados en años, encontraremos imposible la obediencia por causa del pecado. Las reglas de la casa, las instrucciones paternas, las normas escolares y las sociales son continuamente resistidas. El hombre natural es un rebelde consumado.

Por tanto, nuestros hijos no pueden corregir sus conductas, y las reglas, aunque necesarias, no les ayudan a obedecer. Ellos necesitan el evangelio. Sólo Cristo puede cambiar sus corazones.

El pueblo de Israel fue misericordiosamente escogido por Dios como hijo. Sin embargo, fue un hijo rebelde. El Señor les envió profetas para llamarlos al arrepentimiento y les afligió azotándoles con vara. Pero Israel, contumaz y rebelde, no quiso obedecer. Dios les advirtió: “Párense en los caminos, y miren, y pregunten por las sendas antiguas cuál sea el buen camino, y anden por él, y hallarán descanso para su alma. Mas dijeron: No andaremos” (Jeremías 6:16). Aún Jesús lloró sobre Jerusalén y dijo: “¡Cuántas veces quise juntar a sus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Lucas 13:34).

Dios ordenó que su pueblo se sujetara a Él, tal como cualquier padre demanda que su hijo le obedezca. Mas Israel fue rebelde — como nuestros hijos. Pero Dios envió a Cristo para perdonar sus pecados y transformar sus corazones, si creyeren en Él. La respuesta de Dios a nuestra desobediencia es el evangelio: “que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15)

Sólo un corazón cambiado puede obedecer

En Ezequiel 36:27 Dios prometió: “Pondré dentro de ustedes mi Espíritu, y haré que anden en mis estatutos, y guarden mis preceptos, y los pongan por obra”. Dios hace eso cuando creemos; nos cubre con la identidad de Cristo, nuestro Salvador para perdonarnos y transformarnos.

Ahí está la clave: ya en Cristo, el hombre desea obedecer y su obediencia es creciente. Cristo es formado en los que son apartados “para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Los creyentes somos “amados de Dios, llamados a ser santos” (Romanos 1:7) y no “santos para ser amados.” Dios nos amó primero, y entonces le amamos y deseamos obedecerle. Él nos inclina a la obediencia.

De allí la necesidad de ir más allá de corregir la conducta. Es necesario el evangelio. Con el evangelio, nuestros hijos llegan a entender que son amados por Dios, y de ese amor nacerá un deseo de obedecer. Sin el evangelio todo esfuerzo por obedecer es pasajero, vacío o hasta ficticio; es adornar y barrer el corazón —como en Mateo 12:44, pero dejarlo vacío, desocupado, sin el Espíritu Santo que nos convence de pecado y nos guía al arrepentimiento.

Necesitamos el evangelio —tanto nuestros hijos rebeldes, como nosotros. El evangelio nos hace obedientes, dispuestos a andar en “buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

Nosotros fallamos igual que nuestros hijos

Alguien puede decir, “mis hijos conocen el evangelio y aun así son desobedientes.” Igual que tú, igual que yo. ¿Acaso no vemos nuestro propio corazón? Hablamos así de nuestros hijos, pero, ¿qué podría Dios decir de nosotros como Padre? ¿hemos obedecido ya, haciendo como “siervos inútiles,” por lo menos, “lo que debíamos que hacer”? (Lucas 17:10)

Mientras más conocemos a Dios, más claramente vemos nuestras faltas. Entonces, el pecado sabe amargo. Dios nos guía así, en su paciencia, al arrepentimiento. Pero también a mostrar misericordia a nuestros hijos rebeldes. La misma misericordia que el Padre Dios ha tenido con nosotros, que somos también, hijos rebeldes.

Cobremos ánimo y hagamos nuestra tarea como padres esperando en Dios y llevando a nuestros hijos a Cristo, de modo que entiendan que al obedecernos están obedeciendo a Dios, lo cual es más excelente. Y en el camino, tratemos a nuestros hijos con la paciencia con que Dios nos trata a nosotros, con el amor y la necesaria disciplina que Dios, generosamente nos brinda. Corrijamos a nuestros hijos en paz, santidad y amor. No abandonemos esa tarea, “no nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo cosecharemos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9).

 

Autor: José Olivares

https://sdejesucristo.org/el-sufrimiento-por-hijos-rebeldes/


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